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Pastor

Mario Oseguera

¡SOY UN PASTOR PRIVILEGIADO! ¿Y USTED?

Me siento un pastor enormemente privilegiado y no es para menos. En primer lugar, por haber sido llamado por Dios para tan elevada responsabilidad, y no por deseos o ambiciones personales. Yo sé muy bien que he sido llamado por la “sola gracia” de nuestro Señor. No por méritos, ni por títulos académicos, ni por habilidades, ni por decisión humana, sino por la sola misericordia y voluntad de Dios.

Es verdad, ¡cuánta responsabilidad conlleva este llamamiento! Pero también es cierto que es un privilegio ¡un privilegio inmerecido!

Pero, además, me siento profundamente privilegiado como pastor por la Iglesia en la que Dios me puso a pastorear ¡Qué Iglesia Señor! Mi propósito fundamental es: reconocer y agradecer al Señor por aquello que considero una gran bendición para mi vida, esto es, la congregación en la que ejerzo el Pastorado.

 

Cuando vienen a mi memoria los primeros años, nunca nos imaginamos que Dios nos concedería pastorear una iglesia tan hermosa. Como es de suponer, la mayoría de pastores aspiramos a pastorear iglesias numerosas, a desarrollar ministerios reconocidos y poderosos. En mi caso, cuando llegamos a 50 miembros siempre oré a Dios: Señor, me concediste dos maravillosos años aquí en esta iglesia. Sólo te pido que me permitas pastorear el doble de lo que me diste. Y Dios respondió ¡de una manera fenomenal! ¡Ahora pienso que el Señor se excedió! Cuánto amor recibido por Dios. La iglesia que Dios me ha encargado, es un apoyo en la oración; cuanto estímulo he recibido de mis hermanos cuando he pasado por pruebas, siempre atentos a las necesidades de mi familia, qué generosos, qué comprensivos.

 

Una de mis más grandes alegrías es observar sus vidas, cómo crecen espiritualmente, como se esfuerzan por agradar y servir al Señor. A muchos los presenté a Dios con sus padres y los he visto crecer. Hoy, ya jóvenes, casados algunos, muchos están participando activamente del ministerio de la iglesia, y asumiendo responsabilidades crecientes.

 

Cuánta felicidad siento como pastor al ver a muchos miembros de nuestra comunidad acercarse, integrarse y participar como si fuéramos su familia (y en verdad para algunos de ellos somos su única familia). Matrimonios a quienes la mano amorosa de Dios les ha sanado de diversas dolencias, fracasos y heridas. ¡Cada una de estas familias han hallado en Cristo la esperanza para sus vidas, y continuamente están creciendo en la fe!!

 

Y si tuviera que hablar de los matrimonios de la iglesia, la mayoría de ellos en sus primeros años de vida conyugal y con niños pequeños, ¡¡tendría que testificar que son luchadores, que se abren paso a través de los peligros y adversidades tomados de la mano de Dios!! ¡Y se les ve felices, disfrutando su relación con el Señor!!

 

Quiero felicitar a nuestros ancianos, aquellos que ya peinan canas, que han llegado a los 60 juntamente con su pastor. ¡¡Sus vidas son un ejemplo de inspiración para nuestra iglesia!! ¡¡Y la mayoría están activos, sirviendo al Señor con tanto entusiasmo!! Bueno, serán ancianos en edad, pero son tan jóvenes en espíritu. A veces más que los que sí son jóvenes.

Me encanta ver reír a la gente en los cultos, sentirse relajados, saludarse y abrazarse con gran alegría. ¡¡Me da mucho placer observar a las personas disfrutar la vida de su iglesia, y de la presencia del Señor en ella!!

No han sido pocas las veces que mis lágrimas rodaron al escuchar testimonios de nuevos creyentes, afirmando: “Fui muy impactado al venir aquí por la cálida recepción, por el genuino interés, por el amor incondicional de la iglesia. “Aquí encontré a Cristo como Salvador y Señor; pero, aquí también hallé una verdadera familia”.

 

Al mismo tiempo, vienen a mi memoria los tiempos en los cuales “pasé algunos sufrimientos” Con apenas 33 años, sin experiencia pastoral, acepté la invitación del Señor Jesucristo con un inocente interés. ¡¡Nunca habría podido saber lo que me esperaba!! Tiempos de luchas internas, de inmadurez espiritual y de gran oposición. Fuertes vientos contrarios que hicieron que en algunos momentos le confesara a mi esposa la decisión de abandonar el compromiso pero Dios tenía planes distintos a los míos. De manera milagrosa me hacía saber que Su voluntad era que continuara sirviendo, a pesar de todo; Él me aseguraba protección, fuerza y respaldo. 

 

¡¡Hemos tenido tiempos en los que junto con mi esposa hemos derramado lágrimas delante del Señor, y en los que hemos clamado por su misericordia y perdón!! Hoy sabemos que fueron tiempos en los que aprendimos mucho del Señor, y en los que nos dimos cuenta de cómo debiera ser nuestro caminar con El. Claro, no somos perfectos; lo sabemos. Pero estamos firmemente dispuestos a crecer, avanzar en nuestra vida espiritual, para así agradar cada día más a nuestro Señor.

Hemos sufrido también y hemos sentido dolor cuando alguno se alejó de la iglesia.

En fin, ¡¡cuántas batallas libradas !!Pero cuántas victorias y triunfos en Cristo!!

 

Por todas estas razones, por todas estas experiencias, por ver que nuestro trabajo no ha sido en vano, pero por muchas otras más también, SOY UN PASTOR PRIVILEGIADO. LA IGLESIA QUE PASTOREO SON PARA MÍ, MI FAMILIA, MI INSPIRACIÓN, LO CONFIESO ANTE DIOS Y ANTE USTEDES, DISFRUTO PASTOREAR ESTA CONGREGACIÓN.

 

Estoy preparado para ver el obrar de Dios de forma tal que pueda “desatarse” todo el potencial que la iglesia tiene y que todavía está dormido. Si tan sólo nos diéramos cuenta de cuánto podemos todavía hacer, ministrando a muchos en esta ciudad que el Señor, ¡¡abra nuestros ojos!!

Agradezco a la congregación por permitirme aprender y por darme permiso para desarrollar mi tarea docente dentro y fuera de la iglesia.

 

QUIERO QUE TODOS LO SEPAN: ¡¡QUÉ ESTOY FELIZ Y ORGULLOSO POR ESTA IGLESIA!!  ¡¡MUCHAS GRACIAS SEÑOR, POR CONCEDERME ESTE PRIVILEGIO A Mí!!